Me encantaba sentir como sus recuerdos se escurrían en mis manos,
se precipitaban hacia el suelo deprisa y en fila, uno detrás de otro con cada uno de mis pestañeos.
Ni siquiera me daba tiempo a retenerlos mientras se me caían,
aunque tampoco habría hecho el menor esfuerzo para detenerlos.
Se disolvían.
Sus besos se evaporaban de mis labios dejándome un agridulce sabor en la lengua, una mezcla entre ausencia y tranquilidad.
Mis ojos querían decirle adiós sin siquiera tener que volverle a mirar.
Se deshacieron del recuerdo de su imagen en silencio.
Como si fuera humo se esfumó en segundos.
Borrando cualquiera de sus pasos en mi camino.
Como si hubiera terminado de arder, dentro de mi sólo dejó cenizas.
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