El me sostenía por la cintura mientras yo acariciaba su espalda, fijándome en cada una de las pecas que adornaban sus clavículas y sus hombros.
Entonces puso su mano en mi mejilla y yo alcé la mirada para centrarla en sus ojos.
Tenía unos ojos bonitos, pero no era la típica belleza obvia de unos ojos azules.
Era una belleza menos evidente, solo visible para alguien que de verdad prestara atención a como el verde de sus ojos inundaba al marrón cuando el sol iluminaba su cara.
Solo visible para quien fuera capaz de descubrirla.
Quería seguir siendo yo quien fuera capaz de ver todo eso.
Y de admirar cada una de las cosas que nos diferenciaban sin llegar a separarnos.
Cada una de las diferencias que hacían que aprendiéramos el uno del otro.