La calle estaba desierta, ya eran casi las dos de la mañana y la única compañía que nos quedaba era la tenue luz que despedían las farolas y los eventuales coches que cubrían de luces rojizas el asfalto.
Yo le miraba y sonreía, una sonrisa tan involuntaria como podían ser mis propios latidos.
El, como respuesta, me cogió de la mano y sentí como una especie de corriente eléctrica corría aceleradamente por mi cuerpo, cruzamos la calle y aun en medio de la carretera se paró y tiró de mí hacia él con fuerza.
Mi pulso se aceleró cuando sentí el peso de sus ojos azules sobre los míos, brillaban, como si se hubieran encendido para mirarme.
Deslizó sus manos hacia mi cintura y me sonrío como si me estuviera leyendo el pensamiento, como si supiera como se aceleraba mi sangre cuando estabamos cerca, así que me besó.
A pesar del frio que corría a nuestro alrededor, sus labios ardían, noté como de repente subía la temperatura pero sólo entre nosotros, entre el mínimo espacio que quedaba entre su cuerpo y el mío.
Mi mente se paralizó en ese momento, permanecía totalmente en blanco, absorta en cada detalle de su contacto, en sentir cada leve movimiento de sus labios sobre los míos, en medir la fuerza de sus brazos apretándome contra su pecho o incluso como mis manos se cerraban inconscientemente alrededor de su cuello.
Nos convertimos en una pincelada de calidez entre la frialdad de la calle.
domingo, 20 de julio de 2014
martes, 15 de julio de 2014
Dentro de mi todo eran precipicios, finales detras de otros finales y caminos que no llevaban a ninguna parte. Los seguía a ciegas, ni siquiera intentaba no estrellarme. En el exterior todo era fuego y explosiones y yo lo único que quería era arder y estallar con ellas. Ser todo y nada al mismo tiempo. Encenderme y apagarme.
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