Cada una de sus palabras tenía un efecto debastador sobre
mí, como si mi cuerpo fuera una torre de naipes y su voz el aire capaz de
derrumbarla.Me fascinaban incluso cada uno de sus gestos, desde su perfecta
sonrisa torcida hasta su forma de pestañear. Estando en el mismo lugar me
resultaba imposible apartar mis ojos de su figura, como si hubiera alguna
especie de campo magnético entre nosotros que me obligaba a permanecer cerca de
mi imán. Que siempre había sido él.
