Tus labios se amoldaban perfectamente a los míos, como una pieza de un puzzle que encajaba perfectamente. Tenía la certeza de que su sitio era irremediablemente ese, y que colocarlos en cualquier otro sitio hubiera sido un error.
Me sentía segura durante el tiempo en el que tus dedos acariciaban el dorso de mi mano, y a la misma vez me volvía fría y frágil como el cristal.
Ni siquiera yo hubiera sabido explicártelo. Y a la misma vez, se que solo tu hubieras podido entenderme.
Pero después me mirabas y todas mis dudas se disolvían en el aire como si nunca hubiera tenido que pronunciarlas.
Ya te lo dije, no hay mayor fuente de inspiración que algunas personas, y a ti ya te escribía incluso antes de conocerte.