domingo, 19 de noviembre de 2017

Le vi recorrer la sala con paso decidido pero firme, con la cabeza mirando al frente pero sin centrar la vista en ninguna parte. Llevaba una máscara negra que le cubría parte del rostro pero aun así pude sentir su fortaleza por como se movía entre el resto de personas de la habitación, empujaba todo lo que había a su paso con cierta violencia y decisión.  Había poca luz, la iluminación era tenue, y el aire se entremezclaba con humo y ceniza. El ambiente estaba tan cargado que me costaba respirar, pero me quedé sentada en un sofá de tercipelo rojo oscuro que estaba situado en la esquina más escondida de la sala.
Entonces empezó a sonar música clásica y todos los presentes se vieron embriagados por la canción, parecían hipnotizados moviéndose al compás de la sintonía. Todos los presentes menos yo y el hombre de la máscara negra. 
Entonces se acercó hasta mí con el mismo paso que antes, pero esta vez algo más dubitativo. Pude intuir por la parte de su cara que estaba al descubierto algo de miedo y nerviosismo, así que me mantuve expectante intentando no hacer ningún gesto con mi cara que pudiera delatarme.
Se sentó junto a mí y fijó sus ojos en los míos con dureza, la intensidad de su mirada era indescriptible. Era como fuego y cada segundo que mantenía mis ojos en los suyos sentía que ardía. El humo y la ceniza del ambiente revoleteaba entre nosotros pero ninguno de los dos parecía darse cuenta. Mientras tanto, el resto permanecía absorto en aquella danza y nosotros permanecíamos absortos el uno con el otro. Sentía como el aire que había entre nosotros quemaba,
No supe que pensar, por una parte una fuerza que escapaba a mi control me empujaba a besarle, y por otra parte le inundaba un halo de oscuridad que no sabía interpretar.
Me tendió la mano, y sin palabras, supe que quería sacarme a bailar. Así que cogí su mano y le seguí hasta el centro de la pista. El cogió mis manos y me las colocó alrededor de su cuello. Las suyas estaban heladas a pesar del calor que parecía emanar su cuerpo, su figura en sí era contradictoria.
Me agarró con fuerza por la cintura y me balanceó a un lado y al otro siguiendo el ritmo de la canción pero sin despegar ni un segundo sus ojos de los míos. Eran de un color marrón verdoso, como si el marrón estuviera inundando al verde o como si la esperanza se estuviera ahogando en la tierra.
Le seguí en su baile durante lo que me parecieron segundos, y cuando acabó la canción intenté deshacer el nudo del antifaz, pero el me detuvo. El tiempo se me escurrió entre los dedos y antes de que pudiera darme cuenta, el hombre de la máscara negra me besó en la frente y desapareció como si sólo hubiera sido un espejismo. Se perdió entre el humo y la ceniza de la sala.