Durante un silencio eterno los dos permanecimos callados aunque solo en apariencia, nuestros pensamientos resonaban por toda la habitación a pesar de que ninguno había abierto la boca.
Él al oir mi respiración algo más agitada me acarició los pómulos y las ojeras en busca de mis lágrimas. Las arrastró lejos con sus dedos y pude notar como cambiaba su postura para abrazarme.
-Prométeme que vamos a querernos siempre. -Me susurró sosteniendo mi cara con una de sus manos.
-Vale.
Fue lo único que fui capaz de decir mientras intentaba buscar sus ojos en la oscuridad. Aunque no los encontré.
-Prométemelo. -Insistió,
-Te lo prometo. -Le dije con algo más de fuerza en la voz y le besé.
Nuestros labios se unieron y en cierta forma sentí como se llevaban con ellos todo el peso de la discusión echándolo a un lado lejos de la cama.
El se colocó de lado agarrándome del brazo para colocarlo entorno a él de forma que pudiera abrazarle mientras dormía, depositando mi mano en su pecho sostenida por la suya.
Apoyé la frente en su espalda y respiré profundamente buscando la relajación que no había sido capaz de encontrar en toda la noche, y cuando sentí que por fin la había encontrado cerré los ojos uniendome a él en su sueño.
A la mañana siguiente abrí los ojos sobresaltada intentando desprenderme de la pesadilla
que acababa de tener, pero sólo conseguí que mi respiración volviera a
la normalidad cuando le vi allí tumbado a mi lado.
Seguía dormido
ajeno a todo lo que había pasado dentro de mi cabeza, y me alegré por un
momento de que mi locura siguiera siendo solamente mía.
Estaba
colocado de lado, con el flequillo despeinado y tapado únicamente con un
pantalón de deporte verde y una sábana enredada en una de sus piernas.
Me
quedé mirándole fijamente intentando que aquel ejercicio mental le
despertara como me pasaba a mi la mayoría de las veces, pero él ni
siquiera se inmutó así que me entretuve recorriendo con los dedos las
constelaciones de pecas que se extendían por sus omóplatos y sus brazos.
En lo único en lo que podía pensar era en que era imposible no quererle. No apreciar como el blanco de su piel resplandecía con la luz que entraba por la ventana, o como su expresión se había vuelto totalmente relajada y en paz al contrario que su versión dentro de mi sueño, o incluso su versión de la noche anterior.
No era capaz de encontrarle cuando discutíamos, pero sobretodo no era capaz de encontrarme a mi misma y eso era aun peor.
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